ardo su última obra monumental. Mural. Esta expresión artística la toma como blasón nuestra casa editorial y, protegida por el sólido escudo del hombre de fuego de Orozco, se lanza a la conquista de los lectores tapatíos ávidos de información. El muro no solamente es un elemento de mampostería que separa pueblos, como el Muro de Berlín, o el imaginario, pero también real, muro "de la tortilla", que nos separa de nuestros vecinos del norte. Existe también un muro de lamentaciones, lugar de arrepentimiento y de alabanzas a Dios. Los muros en nuestro Jalisco tienen más valor que cualquier documento legal para proteger la propiedad; en nuestras calles contemplamos muros saturados de propaganda política para un pueblo de ingenuos que todavía cree. Hay otros muros donde se sublima espontáneamente el espíritu chocarrero, bromista y dicharachero del mexicano (el desquite anónimo). Muros que anunciaban algunos establecimientos comerciales, que han quedado plasmados en novelas e historietas regionales, como el de aquella panadería de Lagos de Moreno, ubicada en una esquina, y que en uno de sus costados decía así: "Panadería de pan", y a la vuelta terminaba "Filo Romo". A propósito de esta broma laguense, leyendo de reojo y con rapidez el encabezado de un diario del que me reservo su nombre, se leía algo digno de plasmarlo en una esquina de Lagos: Labastida promete gobe
ar con los pies... (y a la vuelta) bien puestos sobre la tierra. Como pueden ver, al mejor cocinero se le va un garbanzo. Cómo podemos olvidar los muros de los baños públicos o de las gasolineras, que portaban mensajes alusivos al uso o a las condiciones poco higiénicas en que se encontraban tan indispensables servicios. Frases célebres que se repetían de baño en baño, como una que decía así: "Por favor, después de hacer uso del servicio, no deje la mercancía en el mostrador", haciendo alusión a lo incomodo que resultaba desahogar la apremiante necesidad fisiológica en un incómodo inodoro inglés, diseñado para ser cómodo en el hogar, pero antihigiénico e inapropiado para lugares públicos, por lo que las personas que exoneraban en dicho lugar se obligaban a hacerlo en una incomoda postura, conocida popularmente como "de aguilita", con lo cual, frecuentemente fallaban dar en el blanco. Aquí les va un remedio para exterminar y erradicar de nuestros muros las expresiones artísticas, nada decorativas, de nuestros grafiteros: Sugiero que, cuando menos en cada esquina de la ciudad, se ponga un letrero remplazando al antiguo y ya no operante, y mucho menos respetado, que decía "prohibido fijar propaganda o rayar paredes, las personas que así sean sorprendidas serán consignadas a la autoridad", en vista de que ya ni a los niños asusta este coco, como decía, sugiero que se reemplace por uno más práctico y que va de acuerdo con nuestra idiosincrasia: "Si tu padre fue pintor y heredaste sus pinceles, píntale el C...arro a tu madre y no pintes las paredes". Recordemos que lo más sagrado para los mexicanos es nuestra madre, así que estoy seguro que ningún grafitero se atrevería a ofenderla.
